Mis músculos arden y mis dedos se ampollan. La posición forzada me taladra la espalda. Justo antes de llegar a la cima, bañado en el sudor mezclado con ceniza, siento como la piedra se arranca de mis manos y se precipita. En ese momento mi corazón se acelera. «¿Cuántas veces se ha caído?… No importa».
El dolor y mi sudor se evaporan. Bajo la mirada y me obligo a disimular mi sonrisa. Esta es mi condena. No pueden saberlo. Camino cuesta abajo sin prisa. Mi piel se renueva; mis músculos se recuperan. El sudor regresa a mi cuerpo. Aquí el hambre y la sed no tienen existencia.
El sufrimiento, que alguna vez era lo único que mantenía mi conciencia, ya no existe. Agarro de nuevo la piedra. Ella es parte de mí: el tacto rugoso, el frío de su piel. El impulso de besarla iguala el peso de la roca. Me abstengo de rendirme ante mis deseos. Mis verdugos no pueden siquiera sospecharlo o la alejarían de mí. Respiro profundamente. El primer paso es el más difícil. Empujo con todas mis fuerzas y el ardor regresa.
Mario Zamudio B.
Mardecerezas
21 de marzo de 2026Gracias a la roca soy Sísifo…