La ira era un fuego imparable en mi piel. ¿Cómo era posible? Estrellé la mochila de aquel muerto de hambre contra el pasillo. Hace cuatro meses había osado comer y beber lo que por derecho era mío. Incluso durmió en mi habitación. Mi almohada emanaba el olor de su colonia barata.
—Vete de aquí infeliz y que no te vuelva a ver —escupí.
—¿Por qué hizo esto Mamá? ¿Por qué alquiló mi habitación a un vago? ¿Es que le hace falta plata? —pregunté.
Mi madre solo miraba al suelo.
—No mijo no es eso. Es que así al menos no me siento tan…
— ¿Tan que mamá?
—Tan sola.
Mario Zamudio B.
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